Días Tristes

La llamada la recibí a comienzo de semana, era ella, la madre de mi niño. - ¿Vas a ir a dejar flores?- fue una de sus preguntas. Ella va todos los meses devotamente, yo no puedo hacerlo por circunstancias de traslado. Pero le dije que sí iría, que llegaría el domingo como a medio día; esto lo decía pretendiendo hacerle saber a que hora no nos toparíamos, pues suponía ella iría el 1º. Pero ella me contestó: -¡Entonces ahí no vemos!-

El sábado por la tarde sonó el teléfono: -¡hola papá!- decía una voz infantil. Fueron fracciones de segundo, pero pensé un millón de cosas, llegué al cielo y bajé de golpe al mismo infierno. Sí, era equivocado. Eso me dejó completamente tocado, por la noche la pasé mal, no quería ver a mi ex, no porque la odie, todo lo contrario. Y es que ella no sabe el daño que me hace verla, quizá no sea tanto ella en sí, sino el verle junto a sus hijos, pues es como ver lo que nunca tendré.

Aunque el sol brillaba a plenitud, el día estaba fresco, el viento soplaba un tanto frío azuzado por los árboles de la avenida del cementerio. El año pasado no llegué a dejar flores, la cosa era reciente y no quise sufrir más. La algarabía que se percibe en un mercado que sirve de antesala al camposanto, contrasta con las lágrimas que muchos derramamos al frente de las tumbas. Después de sortear vendedores de hot dog, flores, discos piratas y un sin fin de chuchearías, por fin llegamos a la cuadra en donde están los restos de mi bebé. A lo lejos y en medió de la muchedumbre le observé, estaba como siempre en pantalón, su cabello antes corto jugaba con el viento, ahora estaba más delgada, quizá frágil; sujetaba a su bebé en brazos, mientras su niña estaba sentada en el primer escalón de una vieja escalera de madera. Cuando un amigo que me acompañaba dijo –Ahí está ella.- Ya hace rato que yo sufría al haberla visto. Al verme su hija dio un grito y saltó, -Bien que se recuerda.- dijo otro cuate. Quizá nadie se imaginó lo tortuoso que eso es en mi vida.

Es tuvimos como 20 minutos a l frente de aquel ingrato lugar. Y sí, chillé como siempre. Aun no entiendo este desgraciado motivo en mi vida. Tanto que lloré ahí y lo sigo haciendo al escribir estas líneas. A veces deseo que un rayo me parta, por más que recoja los pedazos de mi vida siempre estoy en un callejón sin salida.

-¿Te vendrán a traer?- Le pregunté, por cortesía. –No, me iré en TRANSMETRO.- Respondió. Un querido amigo se apresuró a decir: - Que casualidad, nosotros nos iremos ahí también pues nos pasarán jalando por el obelisco, vente con nosotros y como tu casa está en el camino te ayudaremos con los bebés.- Al salir nos dirigimos al TRANSMETRO, primera vez que abordo uno y me pareció muy bien, los PMT si hacen bien su labor, por lo menos ahí. Durante el trayecto la beba se fue a mi par, y juguetona como es, nos divertimos jugando al hacerle cosquillas.

Uno de mis cuates se bajó en el camino por un compromiso. Ya en el obelisco mi otro amigo recibió una llamada y debía marcharse de emergencia. Yo le dije a ella que mejor siguiera y yo le haría tiempo a quien pasaría por mí. –No tengo nada que hacer, te acompaño.- dijo aterradoramente para mí. Y quedamos solos.

Con lágrimas me dijo lo que yo no quería escuchar, que se equivocó, que se siente fracasada y que no quisiera despertar a veces. Me hinché de valor, me tragué las mismas palabras que ella me dijo, y le traté de inyectar positivismo. -¿Cómo decís eso? Yo cada día luchó por superarme, y casi podría decirse que no tengo motivos, pero esta vida no me vencerá, y tú con dos razones poderosas te queres dar por vencida; échale ganas por los nenes y veras que triunfaras.- Finalmente logré desviar el tema a mi niño, huí, escapé al tema de “nosotros”. En un tiempo me canse de preguntarle, nunca me respondió con sinceridad, incluso recién la partida de nuestro niño; ahora es tarde ya, aunque respondiera yo no creería, y definitivamente: Yo no soy esa persona con quien alguien deba conformarse.

Afortunadamente el carro no tardó tanto. Ya en camino mis cuates y ella conversaban cualquier cosa, yo les seguía, pero me sentía terriblemente triste, era una sensación de vació indescriptible. Al llegar a su casa la niña se había dormido, un amigo le ayudó mientras ella sacaba las llaves y abría la puerta, con un “nos vemos” nos despedimos mientras se cerraba la puerta. ¿Qué si vive sola? Quien sabe.

Ya en casa, encendí la tele, habían licas de terror por doquier, pero esas mismas que veíamos con aquél, y que hasta pizza pedíamos para ver, hoy no me dan miedo, me hacen llorar; mejor la apague, me vi al espejo, mis ojos estaban hinchados, así que mejor me recosté para enfrentarme a lo de siempre, pues por más que le huya, solo hay algo a lo que no escapó, alguien que tampoco me responde: mi silenciosa soledad.

Comentarios

  1. Muy buen articulo, conmovedor, mi mas grande admiracion hacia ud colega bloguero, como aprendio a vivir en compañia de su soledad y a escuchar su silencio y no se dejo vencer. Buenisimo.

    http://expresoacido.blogspot.com/

    ResponderEliminar
  2. George
    A veces el destino nos lleva a la soledad absoluta, quizá el secreto sea el perdonar, no quita la soledad pero la hace menos cruel. Saludos.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Qué piensas

Entradas populares