Encuentro Cercano del tercer tipo: era de mi especie.

Llegamos cerca del medio día, hacía frío. El inicio de la 6ª avenida frente a la Plaza de la Constitución estaba engalanada por uno de los famosos árboles Gallo, la gente iba y venía en gran cantidad, se podía apreciar que atrás quedaba aquella ingrata experiencia de sortear vendedores, baches en las calles y automovilistas desesperados. Mientras veía lo adornado de la sexta, sus bancas y banquetas, no pude dejar de pensar: Al Cesar lo que es del Cesar, bien hecho Álvaro Arzú.

Mi acompañante sentiría más frío, pensé. Y es que su pequeña falda poco le ayudaría en contra de aquel gélido viento decembrino. Nos introducimos por el remozado Pasaje Rubio, que verdaderamente luce pulcro. El curiosear por las vitrinas de las joyerías era solo interrumpido por el ofrecimiento de la fortuna de veteranos vendedores de lotería. Es curioso, pero a pesar de conocer muchos lugares para tragar en la zona 1, jamás había entrado a comer por esa área.

Entramos en aquel lugar cuyo letrero en la entrada decía El Portal. El lugar lucia lleno, semejaba una taberna por lo extendido de su barra. Sorteando comensales y uno que otro chupe, logramos ubicarnos en una mesa.

- Es una vaina que ya no te dejen fumar en estos lugares.- Dijo Montserrat.
- Los tiempos cambian, ahora se violan derechos en nombre de buenas intenciones. - Dije y es que aun no ingería el chupe.
- Sabes, no hablemos muladas, mejor quitémonos el frío. – Dijo ella, mientras fruncía el seño y observaba a su alrededor buscando quien nos atendiera; cuando ubicó a una chica le llamó por su nombre, cosa que ya no me extraño por lo sucedido en nuestro primer encuentro.
- Susy, traenos 2 wisckis y unas carnitas. - Ordenó sonriéndome mi sensual acompañante, quizá por no haberme pedido opinión.
- Espero no te sientas incomodo, quiero que sepas mi forma de pasarla bien.- Dijo.
Yo inicié la casaca preguntándole por sus estudios.
- Solo 2 semestres de psicología estudié, me aburrí y además salí embarazada. – Contestó esquivamente, no sería su época favorita para recordar.
- No sé, nunca he podido ser constante en algo, suelo asfixiar a quien me cae bien, de pronto me hastía y dejo de verlo para siempre.-

Las copas llegaron, mientras que en un como desván, colocado arriba de la entrada, un solo hombre empezó a interpretar música navideña en una pequeña marimba.

- A mi me recuerda mi niñez, a mis padres y a ti?- Pregunté.
- Yo no tuve niñez.- Respondió apurando de un solo trago la bebida.
- Tan mal te fue.- Dije.
- Mis padres me llevaron a los 7 años con mis abuelos y ahí sufrí mucho.-
- Te golpeaban?-
- Siquiera hubiese sido así, abusaron de mí.-
- Pero eran tus abuelos?- Inquirí pues pensé haber escuchado mal.
- Si, en las noches en la cama mi abuela me sujetaba, como si me abrazara de lado, mientras mi abuelo me penetraba.- No lo dijo triste, tampoco enojada, lo dijo con cierto vejo de indiferencia que me dejó mudo, como queriendo decir lo siento, cosa que no era cierta por lo que no dije nada.

El silencio embarazoso entre los dos era amenizado por blanca navidad de un solista marimbero.
Luego de pedir dos Wisckis más, así como de tragar tal comentario y medio digerirlo, proseguí:

- Hay cosas que uno no entiende, yo ha veces creo haber sufrido más que otros, pero entonces me entero de cosas que nunca yo hubiese soportado, pero que gente como tu han pasado. Y como te sientes hoy después de mucho tiempo?-
- Raro, ellos aun viven pero no los puedo ver, aunque creo que ya los perdone.

No me interesó cuestionar si había perdonado o no; ahora muchas cosas tenían sentido. Me le acerqué y le abracé dándole un chito en su cahetito, a lo que ella sonrió con un vejo de sorpresa. No hablamos más de ella, yo le relaté la muerte del ser que más he querido, mi hijo. Pero en algún momento decidimos dejarnos de torturar, ella pidió dos “Chibolas de Moza” y nos pusimos a contar chistes; es curioso reímos con lagrimas en los ojos.

Salimos de ahí ya 2 que 3. Nos comimos unos helados suaves que venden saliendo del portal y que me recordaron a mis padres cuando me llevaban a ver procesiones. Sexteamos como hacía 20 años no lo hacía. Fumando unos tabacos juntos vimos como menguaba aquel sol amarillento desde las bancas que están frente a la Biblioteca Nacional, el helado ambiente hizo aun más grato aquel momento. La noche cayó y cual cascadas apreciamos la iluminación de la 6ª. Paseamos hasta las 11 de la noche, vimos payasos, un imitador de Michael Jackson, coros entonando villancicos en las esquinas; parando en 2 restaurantes más para beber una que otra chela. Regresamos tarde a mi casa. Ella cayó rendida en el sofá. Yo dormí sabroso en mi cama.

Lo que comenzó con una cita de trabajo, se convirtió en una cita a ciegas, pasó a ser una visita extraña, quizá siniestra, pero con alto grado de convertirse en algo sexual, terminó por ser algo que hacía tiempo no tenía, no buscaba, pero quizá quería: tener una amiga sincera y pasar un día inolvidable.

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