Lágrimas futbolísticas

La mañana dominguera era fresca, yo quizá tendría 11 años, había preparado aquel día con una semana de antelación; desayune rapidito, para luego salir corriendo junto a mi bolsita con 2 panes con frijoles y mi cantimplora repleta de café. Serían alrededor de las 7 de la mañana, debía apresurarme pues en la radio decían que el Mateo Flores ya estaba lleno, y es que el juego comenzaba a las 11:00 pero mucha mara había dormido en los alrededores del nacional.

Cuando llegué aun había cola, mi padre solo me daba 25 len de domingo y no me alcanzaba para la entrada, por lo que lo único que debía hacer era pedirle a algún señor que me entrara pues los niños no pagaban, afortunadamente siempre había algún buen samaritano quien te tomaba de la mano. Una vez adentro la mara se la pasaba fregando, como al hacer escaramuzas entre sectores lanzando bolsas con agua, y que a decir verdad no solo ese liquido contenían. La afición cantaba, reía y jugaba bajo aquel intenso sol que cruelmente empezaba a minar los ánimos; entonces mi café frío se convertía en un placer que debía racionar. Cuando la selección saltaba a la cancha aun quedaban arrestos de ánimo en la afición que desvelada, cansada, ya tostada y quizá insolada, todavía alentaba a sus héroes.

Después sobrevenía el desastre: perdíamos, ya no sé por que ni contra quien; fueron tantas veces. Lo que iniciaba como una fiesta finalizaba cual funeral colectivo. La mara salía callada, esa marea de gente multicolor marchaba desconsolada, abatida: dolida. El silencio era interrumpido por los comentaristas radiales quienes buscaban nuevas explicaciones para los mismos fracasos. Recuerdo llegar a casa y recibir las burlas de los cuates que no sabían de fut, pero las más crueles de mi familia, delante de quienes no defendía a la sele sino les daba igual al decir que de todos modos no me importaba.

Ya por la noche y en el silencio de mi cuarto lloraba, si de rabia. Ya lo había hecho furtivamente al salir del estadio, pero ahora lo hacía sin sentir la vergüenza de que me vieran. Es inexpresable la sensación que causa ver muerta una ilusión, ver como algo que te llevo tiempo preparar y creer que se logrará, no se logra.

Cuando a Gustavo Velásquez se le quebró la voz anoche tras el fin del partido vinieron a mi memoria todas las vivencias crueles que la selección me ha dado, he igual que él me conmoví. Otro comentarista dijo: “Hay que aprender de la afición que hoy si apoyó”, comentario que solo puede ser motivado por la ignorancia.

Esta vez ni los palos jugaron en contra, cuantas veces rebotaron hacia adentro como anoche no lo hicieron. No es restar el respectivo mérito (gracias valientes chicos) a los 11 Chapines que saltaron a la cancha con el corazón en la mano, no, es recordar a todos aquellos que en su momento saltaron a la cancha con iguales ganas, a aquellos que avivaron en las gradas y que incluso fallecieron en aquella fatídica noche del Mateo. Y es que a veces no solo se requiere de ser joven, de avivar o de ponerle ganas, a veces se requiere del factor suerte, que no es el caso de esta sele sub20 sino la mala suerte de otras.

Hoy no se trata de ver que generación fue peor o mejor, se trata de sonreír porque la selección por fin clasifica, de olvidarnos por unos momentos de los ladrones que enmascarados de políticos o líderes sindicales asolan al país. Hoy se debe disfrutar algo pretendido por décadas, saber que se debe luchar por más que sea ir contra corriente. Pero hay algo más importante, nunca perder el piso, puesto que aunque hubiésemos perdido siempre seguiríamos siendo Chapines, y quizá criticaríamos, pero eso no significa que fuéramos malas personas, simplemente confirmaríamos nuestra calidad humana, pero jamás provocaría el avergonzarnos por ser guatemaltecos pues pase lo que pase en cualquier deporte siempre gritaremos en cualquier ámbito: ¡Arriba Chapines!

Feliz cumpleaños mi niño, lástima que no estés para ver esto. TQM.

Comentarios