La primera vez que pensé que mi vida había terminado

Tenía 18 años, era el último año de la década de los ochenta. Un infortunado accidente de natación me había dejado seriamente afectado. Los cuidados debían ser especializados y fui recluido en un lugar para ello. Yo era un chico convencional, nada del otro mundo, nunca había experimentado carencias económicas y el haber crecido en un hogar en donde era el arrimado me había hecho un ser de espíritu no muy débil, esto pues vivía con 6 hermanastros (1 hombre y 5 mujeres) y la respectiva madrastra (orale, parece cuento de Disney). Ellos no me habían recibido bien, pero no era su culpa, como se reaccionaría si junto a tu madre y tus hermanos vez llegar a un patojo que es el hijo de “la otra”. Pero creo que me sobre puse a aquella situación, y a pesar que alguna vez me hicieron chillar, siempre me quise mucho y esto me llevó en la adolescencia a ser unas de los chicos más populares allí en donde estuve.

Tras el infortunio, al quedar yo dependiente, mi padre debió llevarme a aquel lugar en donde se me atendería de forma profesional. Recuerdo no haber puesto resistencia, era conciente que necesitaba algún profesional cerca de mí. Fue una mañana de lunes, me levantaron como a las 6 de la mañana, ya eran los noventa, por primera vez usaba una silla de ruedas puesto que todo aquel tiempo lo había pasado en cama y tras un año del accidente debía salir de casa. Recuerdo haber visto más grandes las calles, el trayecto pareció largo, lento. Desde la zona 13 llegamos a una casa allá por la zona 3. Me recibieron dos tipos vestidos de blanco, claro, era de esperar. Abrieron un portón que daba a un pequeño patio que finalizaba junto a una estancia que tenía una gran ventana que estaba abierta y en cuyo interior se podía apreciar a varias personas comiendo alrededor de una mesa muy grande. Al lado del patio y ese comedor había un corredor que corría junto a varias habitaciones. Mi ser se sentía estrujado, era lo mejor, pero sentía que se deshacían de mí. Por fin empezaba a comprender el terror que muchos tienen a los hospitales o a lo que se le parezca.

Frente a una señora de lentes gruesos mi padre hizo el papeleo respectivo en uno de los cuartos que fungía de oficina. Al terminar mi padre se despidió, debía trabajar. Uno de de los enfermeros me llevó al patio, me colocó donde calaba el sol mañanero. –Aquí se sentirá bien, cuando ya no quiera estar aquí nos llama. – Dijo. Un paciente terminó el desayuno y fue llevado a mi lado, al parecer todos tomaban el sol después de la trama. El señor como de unos 50 años se mostró amistoso, me saludó y contó su historia, debido a una artritis severa había quedado en silla de ruedas; eso era evidente al observar la deformidad de sus extremidades. Después siguieron llegando los nuevos compañeros, todos ya gente anciana. Había también tres sujetos que tenían tics nerviosos, pero claramente no estaban en sus cabales, los demás me calmaron al decir que eran como niños, completamente inofensivos.

La mañana transcurrió entre anécdotas clásicas de personas ya mayores. Después llegó la hora de almorzar y fuimos llevados al comedor. Antes de comer un enfermero leía una oración. Después todos le entraban, a excepción de los tres personajes con deficiencia mental a quienes les daban en la boca, aunque había un persona afectada de su mente que no había visto, era mujer, como de unos 30 años, no tenía tic pero parecía como ida, le ponían la cuchara frente a la boca y esta la abría hasta que se le daba la gana.

Debía habituarme a un mudo diferente, si, aquel en el que solo ves hacia arriba y dices “señor” o “señorita”, aunque estos no lo merezcan, digo esto pues nunca he entendido porque no se llama a las personas por su profesión, como “la maestra”, ya que el otro termino implica algo que muchas veces no es cierto y que hace una reverencia innecesaria. Pero ahí estaba, un ser que siempre gustó de defender las libertades, quien por vivir en un lugar donde nunca se le quiso totalmente siempre disfruto de buscar la igualdad de toda persona. Era irónico, parecía que no había nacido con buena estrella y que se acercaba el fin.

Aquel día después del almuerzo me llevaron a una sala, ahí todos hacían como que veían televisión, pero ha saber cuantos de ellos lo hacían. Yo me sentía incomodo, un enfermero ofreció llevarme a una habitación y acostarme, cosa que acepté de inmediato. El cuarto era de tres camas sus paredes eran color crema como recién pintadas, era pulcro. Ya acostado y de frente a la pared solté el llanto, lo había tenido atravesado todo el día. Me costaba creer que ese fuera mi fin (tan joven y sin haber amado, jeje). De ser alguien con amigos novias y agenda social llena, ahora mi vida se veía limitada a la voluntad de otro, el cuadro de la forma en que todos comían me golpeaba la mente.

De pronto alguien entró a la habitación, no veía quien era, pero paré de llorar, aun conservaba algo de dignidad. Al parecer la persona llevaba tiempo observándome, se acercó y sentó tras de mí. Puso su mano en la cabeza, rascó suavemente y me dijo casi susurrando con una dulce voz femenina: - Ya no te sientas mal, aquí te trataremos bien…Sabes, las cosas suceden por algo, no me llames señorita, dime Liz*, seré tu amiga y tratame de tu.- Yo no pude contestar, no podía, el nudo en mi garganta lo había agravado aquellas palabras, pues sentía algo así como lastima.

Ella esperó la respuesta, pero quizá al darse cuenta que quería estar solo salió de la habitación sin que yo viera su rostro, ese era el comienzo de una amistad tormentosa que me llevaría a conocer quizá a la mujer que más he amado. Y pensar que aquel día pensé que mi vida había terminado

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* Nombre ficticio.

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