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La primera vez que pensé que mi vida había terminado (2)

Aquella tarde no le vi. No quise cenar, no quería que viesen mis hinchados ojos de llanto. Pero algo había sucedido. Durante el día me torturaba la idea de una primera noche tétrica. Pero no fue así. Aquellas suaves palabras femeninas habían hecho mella, era algo que me decía que después de todo, las cosas no podrían ser peores. De pronto escuché uno que otro quejido aquella noche, pero dormí, cosa que pensé no haría.

Al otro día las cosas pintaban bien, un baño con agua caliente había sido suficiente para animarme, después de todo no tenia el sentimiento de culpa de que mi padre lo hiciese. Esa mañana intentaba conocer a la dueña de aquellas palabras de aliento, pero no la identificaba, ninguna enfermera se llamaba como ella se había presentado. Advertí que todas eran practicantes de enfermería, y ninguna superaba los 20 años. Con casaca pregunté a un paciente sobre la susodicha y este me dijo que ahí se trabajaba en turnos de 6 horas por lo que la chica llegaría esa tarde.

Recuerdo como esa extraña ansiedad iba aumentado conforme se acercaba la hora del regreso de Liz. De pronto reparé: -Que bruto soy, eso fue solo lástima-. Aquella auto aclaración no menguó mi ansiedad. Y se llegó la hora. Recuerdo verla entrar tras tocar el timbre, de blusa blanca y falda celeste que con dificultad llegaba a sus rodillas, la menuda chica no superaría el 1.50 Mts. de altura. Su pelo era de color castaño, muy fino y liso. Su estatura no impedía que se apreciara un muy bonito cuerpo, bueno, con sus 17 años quizá cualquier cuerpo femenino es hermoso. Estaba lejos, pero me observó y con una sonrisa me hizo un ademán de saludo con la mano.

Al salir de la oficina después de cambiar de turno, las dos enfermeras y el encargado de turno se dispusieron a llevarnos a todos al almuerzo. Ella se dirigió directamente a mí. – Hola, soy Elizabet, espero te acordes.- Dijo sonriente, sonrisa que se dibujaba con unos labios gruesos pintados de carmín, y que no era su atributo más hermoso, no…, lo eran sus ojos color café encendido, que como gracia exagerada de la naturaleza tenía tres lunares, dos diminutos y uno algo grande del mismo color en su ojo izquierdo, que como cometa destellante adornaba iluminando aquella mirada y que ella resaltaba muy bien con un asentado rimel. No se si sería yo, pero ella parecía ir a otra velocidad de cómo actuaban todos.

La chica de risa fácil fue muy platicona. Durante aquella tarde supe que teníamos cosas en común, solo una desentonaba: era fan de Bronco. En gustos se rompen géneros, a mí me engazaba el Glam Rock y ella me ponía histérico.

Con el tiempo los dos convergimos en la salsa, bueno ella ya tenía el gusto, me lo pasó. Fue aquella época en la que los grupos merengueros y salseros se desbordaron en Chapinlandia. Lo cierto que a medida que pasaban las semanas yo me olvidaba más de donde estaba, creo que llegué a olvidar que supuse que aquel lugar sería mi tumba. La amistad con el personal me ayudó una enormidad, yo era el único joven y cuerdo (bueno, eso creía yo, jeje), claro era muy marcada la amistad con Liz, esto al extremo de que la directora del lugar nos llamó la atención para que dejáramos de tutearnos.

Los días se hacían largos sin ella de turno, parecía que su sola precencia me hacía olvidar las condiciones en que se encontraba mi cuerpo. Lo que si recuerdo claramente era como su voz me estremecía. A veces de mañana estaba aun envuelto en mis chamarras y el solo escuchar su voz en el corredor hacía que mi corazón se acelerara, no es casaca, de veras que así se siente. Poco a poco empezó a hacerse costumbre que al nada más ella llegar se sentara en la cama y platicáramos de cualquier disparate. Era mágico hablar con ella.

Cierta tarde ella entregó turno y se dispuso a salir de aquel lugar. La observé triste, que te pasa, dije. Eso fue suficiente para que acercara una silla y se sentara a platicarme. Lo que me dijo me dejó sorprendido.

- Si, tengo broncas en la casa.- Dijo.

- Bueno, una chica como tu tiene toda una vida para solucionar las broncas.- Traté de alentarla.

- No si tu madre cuida a tu hija de dos años y te trata mal por haberte equivocado. – Sentenció Liz.

Haciendo cuentas, ella había quedado embarazada a los 14 años y dado a luz a los 15.

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