La primera vez que pensé que mi vida había terminado (-3- colgado!)

Aquella conversación cambió la forma en la que la veía, como mujer, pero no cambió lo que empezaba a sentir por ella. Esa tarde le observé llorar por primera vez, claro, no era de tristeza, era de rabia, de impotencia; era como un ser sediento de libertad, preso quizás en un medioambiente que no le comprendía. Ya no recuerdo que chiste le conté para ya no verle llorar, y es que tenía la maña de hacerme el gracioso cuando las cosas se ponían dramáticas. Lo que si recuerdo es como esa hermosa sonrisa lo iluminaba todo, como en medio de aquel rimel escurrido a lado de sus ojos rojizos, sus labios acudían al recate de tan preciosa fisonomía. Verle en llanto y a la vez reír de mis muladas fue divino. Ese día sellamos nuestra amistad.

Perro claro, amistad era algo que yo no pretendía. Sin embargo había algo que me incomodaba, y es que ella tenía una amistad muy cercana con un doctor del lugar. Ellos se llevaban extremadamente bien, a nadie escapaba aquello. De pronto desperté, debía volver por mis fueros. Empecé a arreglarme. Hasta ese momento solo me concentraba en mi rehabilitación, como por ejemplo aprender a comer solo y hacer ejercicios en un centro que está en la 13 calle y avenida Elena. Fue algo entupido lo que hice, pero ahora sé que era un lindo sentimiento. Compre mis lociones, cremas y hasta un atomizador Capelli (de moda por entonces), y es que algo que siempre me gustó fue la melena larga. Pero algo si estuvo muy bien, retomé mis estudios luego de no querer saber de ellos.

Lo cierto era que ella no me trataba igual cuando el susodicho estaba de turno. Pero cuando no estaba ella era mágica, podía llevarme al paraíso solo con una mirada. Verdaderamente ya muy poco me importaba el que gustara de escuchar La Éxitos o La Tropicalida, es más, como que ya me gustaban. Cierta noche ella hizo turno, sería quizá agosto o septiembre, pero la noche estaba cerrada de lluvia. Como a eso de medianoche ella abrió sigilosamente la puerta de mi cuarto, debía tratar de no despertar a los otros dos pacientes, se acomodó a la par mía y me dijo susurrando que había mucho frío, y que si no me incomodaba, pasaría la noche ahí. ¿Qué objeciones podría esgrimir? Cuando te enamoras verdaderamente el sexo es lo último en lo que piensas. Esa mañana amanecí en sus brazos, era extraño nunca hubiese querido que amaneciera. Pero la fortuna, tan esquiva para mí en aquel entonces, ahora me sonreía, pues aquella fue la primera noche de muchas más amando sin sexo.

Yo tenía miedo. No sabía como reaccionaría mi cuerpo ante el sexo, y es que una cosa era rehabilitar tus extremidades y otra rehabilitar tu pene. Pero ese era un pensamiento muy profundo al que le huía y no enfrentaba; aunque la verdad no me importaba, por mí, solo un beso hubiese sido suficiente entonces.

De aquella casa habría unas 20 cuadras hasta el centro de rehabilitación, me llevaban a pie tres veces por semana, por lo que cuando más amistad desarrollé fue cuando hacíamos ese recorrido, con la, o el enfermero asignado. Con Liz aprendí a irme de capiusa. A veces en lugar de ejercitarme nos íbamos a vitrinear o simplemente nos tomábamos un café en algún lugar.

Todo hacia que creciera lo que sentía por ella. No me atrevía a decirle que me moría por ella, así pasaron los meses. ¿Qué podría ofrecer un chavo destartalado a una madre soltera? Además seguro tendría suficiente experiencia sexual por lo que yo solo haría el ridículo. Por ello no dije nada, más bien no me atreví. Preferí solo verle, saber que confiaba en mí para desahogarse, para ser su poncho invernal, para ser solo algo que podía estar cerca de ella.

Pero quien sepa de enamoramiento, sabrá que eso no se puede ocultar por mucho tiempo, tarde o temprano tus sentimientos te traicionan o simplemente explotas. Fue una noche que a ella le tocó turno, la extrañe, no llegó a mi regazo. Lo sucedido era obvio, estaba de turno con su famoso amigo el doctor Estrada*. Casi no dormí pensando de tocho morocho. Al siguiente día actué como mujercita engañada. Cambie el tono al hablarle, eso hice como 8 días.

Una noche que volvió a estar de turno, ahora ya no junto al doctorcito, entró bella como no le había visto antes. Llevaba un vestido rojo, cosa rara ya que solo en jeans o minifalda le había visto. Al entrar a la oficina pude apreciar desde la ventana del comedor que el vestido tenia un escote en en la espalda, el cual bajaba en forma triangular hasta casi su cintura, cosa que exigía no usar sostén. Si la chica era atrevida. Al salir se dirigió al comedor en donde no entró, solo asomó su rostro para decirme: - Hola! – con su coqueta sonrisa. Yo terminaba de cenar en el comedor, ya no habían pacientes, es que me consentían y me dejaban comer otra cosa, pero a condición de no hacerlo frente a los demás. Le respondí entre dientes, solo hice un ademán de sonrisa y seguí tragando (la castigaba con el látigo de mi desprecio, jeje). Al ver mí ya acostumbrada respuesta durante aquel tiempo, ella entró a la estancia, puso una silla a mi lado y no recuerdo de que me habló, pero no le voltee a ver, aunque si le hablaba pero sin interés por lo que me contaba. De pronto se calló, se puso de pie y me miró fijamente por unos segundos mientras yo seguía ignorando su presencia. Sin decir nada salió: debía ponerse el uniforme. Yo quedé con una ingrata sensación, sentía estrujado mi corazón, ya le amaba.

Fueron pocos minutos los que pasaron hasta que entrara de nuevo a toda prisa, esta vez ya con su uniforme. Llegaba descompuesta del rostro, como sosteniendo la respiración a ratos y limpiándose las lágrimas me dijo: - No puedo seguir así, si me sigues tratando así voy a renunciar.- No esperó respuesta, solo lo dijo y salio igual que como había llegado.

Un par de horas después todos se habían ido a la cama, ella era ahora la que ni me volteaba a ver. Esperé que la encargada se ocupara y llamé a Liz. Recuerdo que llegó seria y dijo frunciendo el seño: ¿Qué quiere? Yo respondí con frases entrecortadas: - Lo que sucede es que te quiero más de lo que pensaba, y creo que me siento mal porque no soporto saber que tienes a alguien más.- Ella relajó esas facciones rígidas que verdaderamente no le iban, se acercó a mi y se sentó en el brazo de un sillón que estaba a la par mía. Puso su mano en mi hombro, y mirándome fijamente con ese hermoso par de ojos me dijo: - Es que no hay nadie más, yo pensé que solo yo sentía esto.- Una vez terminado lo dicho, hubo silencio, el silenció más lleno de bullicio que he sentido, pues nos mirábamos y parecía haber música. Nos fuimos acercando y nuestros labios terminaron aquel juego de miradas cómplices. Fue como bailar sin hacerlo.Hoy han pasado más de quince años, pero si cierro los ojos aun puedo sentir aquellos labios carnosos que quizá me han besado como nadie hasta ahora. Curioso, ella había aguantado varios días con mi indiferencia, yo no soporté ni el principio de una noche.




This story will continue

* Nombre ficticio

Comentarios