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La primera vez que pensé que mi vida había terminado (-4-Desengaño)

Aquella noche fue inolvidable. Después de aquel beso, mi mundo había cambiado, parecía que verdaderamente no había nada imposible para mí. Ella llegó a dormir con migo, en la oscuridad de aquel cuarto, iluminado solo por el reflejo de una pequeña ventana vieja, sus ojos parecían dos hermosas perlas que destellaban rayos de luz por doquier, todo era lindo, hermoso e indescriptible. No hablamos casi, no se podía, pero no era necesario. Tapados a medio cuerpo, estando de lado frente a frente, en algún momento ella recorrió mi rostro con sus dedos, se detuvo en mis labios y susurró: - Cuanto tiempo y al fin los probé.- Todo continuó en silencio mientras seguía recorriendo mi fisonomía, su aroma a rosas impregnaba aquel medioambiente, que de no ser por su presencia sería lúgubre. – Cuantas veces quise que me dijeras algo, pero tenías que decirlo a la brava.- Dijo sonriendo, poniéndose a tararear suavemente esa rola que estaba de moda por aquellos días en las radios que escuchaba.

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Observé como se fue quedando dormida abrazándome. Un pensamiento me inquietaba: ¿Qué era todo aquello? ¿Podía decir que era mi novia? Ella solo me había dicho que sentía lo mismo que yo, pero eso no era suficiente para declararla mi guisa. Bueno, me dije, cuando despierte le preguntaré si quiere ser mi novia.

No se que horas de la madrugada eran, ella me despertó. – Sabes,…soñé…que íbamos por la sexta…y que me comprabas cosas.- Me dijo al oído. Sonreí, le besé en la frente. Yo no había soñado, es que me sentía en un sueño. Increíblemente durante toda la noche no la volví a besar en los labios ni ella lo hizo, había algo como que no dejaba dar rienda suelta al sentimiento de ambos, pensé que quizá era el hecho de haber sido muy amigos. Pero no me importaba tanto, ya que suponía, habría ocasión del desenfreno cuando le propusiera que fuera mi chica. Dormitamos, de pronto ella salió a toda prisa ya era tarde, podrían cacharnos, no hubo tiempo ni para un beso.

Esa mañana disfruté el desayuno, el mundillo de aquel lugar tétrico no parecía ser tan malo, quizá y hasta divino lo vi; sucede que mi mente jugaba con el momento en que me le declararía a Liz. Ese día debía ir a ejercitarme, una chica que era de las mejores amigas de Liz debía llevarme. Salimos a la calle, aun había bruma, el sol empezaba a asomarse y la vida me parecía chévere. La chica llamada Lidia* era muy conversadora, talvez un cacho más de lo necesario. Yo no podía decirle nadie de mi nuevo romance, sería estupido atentar contra el trabajo de mi chica. Sabiendo lo mucho que Lidia sabia de Liz, empecé a indagar con despreocupación, no es que quisiera esclarecer dudas, talvez quería presumirme a mi mismo la conquista. Recuerdo que fue exactamente al dar la vuelta en la 19 calle y Avenida Centroamérica, le mencioné a Lidia que Liz me parecía muy sentimental.

Por todo llora aquella.- Dijo Lidia.

Pero eso es seña que tiene buenos sentimientos.- Dije.

Si…seguro, si llorar por chavos te hace más buena.- Respondió con una risa socarrona.

¿Qué, lo ha hecho por chavos? Pregunté ya un tanto desolado.

Bueno, la verdad no por tantos, talvez 3 o 4, pero en especial por uno.-

Seré yo maestro, me pregunté, pero sabía que no sería así, si fuera yo aquella chica no me estaría diciendo aquello. Agarre valor y pregunté con una sonrisa forzada:

- Seguro por el doctor Estrada*.-

- Simón, esta loca por él.- Confirmó una simpática Lidia.

No recuerdo que más hablamos, pero con quien ella siguió conversando fue con un fantasma. Las calles pasaban y aquel estrujo en mi corazón no pasaba. Primero me dio un sentimiento de dolor, pero rápidamente esto cambio a enojo, me sentía como un idiota. ¿Cómo era que un par de lágrimas habían hecho que dijera lo que sentía? Seguro, pensaba, ella se habría divertido mucho con migo. No concebía haber dicho tantas muladas, es que yo he sido alguien que no gusta de declaraciones amorosas, no por llevármela de de mucho, sino quizá por el miedo a un “no”. Sería quizá aquella chica la única que ha escuchado de mí que muero por ella. Talvez el sentimiento que más me asustó fu el advertir que aquello bien pudiera haber sido solo lástima, eso si me destrozaba. Los ejercicios me parecieron tontos, al regresar la casa me pareció tétrica, la idea de abandonar todo giró en mi cabeza.

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