Hospital Roosevelt, entre la cólera y la esperanza

Acompañé a un amigo al Hospital Roosevelt, el cuate se sintió mal y acudió ahí a la emergencia aquejado de un mal estomacal. Antes de ir sabíamos de la lentitud en la atención, pero lo que observamos es trágico.

Primero hay que hacer cola para que un médico determine a que área es referido el paciente, o si en su defecto no requiere que lo vean en la emergencia y lo refiere a la consulta externa. Esto es bueno en el papel, pero es ahí en donde salomonicamente un galeno practicante hace barrabasadas. Un chico con un quiste cerebral ya diagnosticado llegó por presentar fuertes dolores, le dijeron que eso era “normal”, que se fuera a su casa y que si se ponía peor regresara, que no podían hacer nada hasta que el especialista lo viera en la consulta externa. Afortunadamente otro médico atendió a mi amigo, al decirle lo que estaba sintiendo, el doc lo refirió a cirugía, con la advertencia que dijera que no había tenido fiebre pues sino, no lo atenderían.

Ya ubicados en la sala de cirugía entró un joven con dolores muy fuertes en el estomago, este sudaba y no gritaba pero gemía con gestos muy lastimeros. Una doctora le mandó hacer una muestra de orina luego de colocarle suero. Al regresar caminando con dificultad el chavo entregó la muestra a un doctor, al rato entró la doctora y al requerirle la muestra le dijo que ya la había entregado, la doctora preguntó a los demás doctores quien la tenía, nadie dio razón de la muestra y la doctora como si no importara el sufrimiento del paciente tomó otro implemento y le dijo al joven que fuera al baño y lo hiciera de nuevo, no sin antes advertirle que la muestra se la diera solo a ella.

Al amigo lo atendió un individuo que mascando chicle, y con un dejo de indiferencia, parecía más un burócrata de algún ministerio de finanzas que un doctor atendiendo una emergencia. El “doctorcito” después de examinar a mi amigo en medio de chascarrillos con otras doctoras y besitos de otras que se marchaban, mandó hacer una radiografía. ¿Que pasaría si eso hiciera uno en su empleo? Y eso que eso es un trabajo de vida o muerte. Dejemos lo ultimo, esto alguien podría atribuirlo a la huida del estrés de los doctores, pero la actitud que tienen es verdaderamente deplorable. Recordé como esos hipócritas dicen buscar con huelgas más dinero del presupuesto, esto pues no hay medicina; pero aunque no hubiese, las personas solo requieren de un diagnostico digno, cosa que ni con todo el presupuesto estatal ellos brindarían, claro, espero que no todos.

A la espera de la radiografía pude observar como los “abnegados” doctores daban vueltas como pretendiendo hacer algo, pero en realidad no haciendo absolutamente nada. Una chica que sufría de dolores se atrevió a decirle a una doctora que ya llevaba mucho tiempo esperando y no aguantaba, esta le respondió: “Aguántese, si fuera a un hospital privado igual le pasaría.” Yo imaginé que le diría que si quería fuera a un hospital privado, menos mal y no lo hizo, yo me alistaba para responder y no muy educadamente. Pero después detenidamente si determiné que debí responder, al fin y de al cabo la referencia a un hospital privado es recurrir a la humillación de una persona al recordarle implícitamente que no tiene dinero. La repuesta hubiese sido en pregunta ¿Usted trabaja de gratis? Y de ahí se hubiese desarrollado una maltratada épica.

Ya como la chingada por la atención, observé como un sacerdote recorría las camillas impartiendo la bendición a pacientes y familiares, muchos de ellos con lagrimas en los. ¿Te echo la bendición? Me preguntó a lo que accedí sin profesar el catolicismo, aquello quizá era lo único bueno que había visto que en ese lugar se daba.

Después de nueve horas esperando que algún doctor se dignara a ver la radiografía, por fin lo hicieron, afortunadamente todo salió bien; pero la verdad no sabíamos si agradecer o cachimbear al doctor que con su adusto rostro altanero nos dio el diagnostico.

Al salir fuera de la emergencia eran como las diez de la noche, lloviznaba copiosamente y las personas fuera de la emergencia se guarecían en los árboles y lo que brindara protección, aunque algunas soportaban el agua sin inmutarse. Una señora decía a quienes estaban en las bancas que si querían orar ella les guiaría o si deseaban aceptar a Cristo. De pronto paró un vehiculo particular, de ahí descendieron varias personas que bajaron una olla y un canasto, yo pensé que eran vendedores. No acercamos y preguntamos que traían, moríamos de hambre, tamalitos de fríjol y atól, nos dijeron. Pedimos 2 y al preguntar cuanto era nos dijeron que no era nada. Primero me despertó dudas, ya con el tamal destapado le vi con resquemor, esto podría no estar bueno, pensé. Pero observé como los recién llegados repartían la comida a toda la gente desperdigada por aquel lugar, como la gente empezó a hacer cola, incluso salieron doctores a traer su respectiva ración. Una señora me dijo que eran de una iglesia y que de vez en cuando llegaban a regalar comida a quienes aguardan fuera del hospital durante la noche.

Estando en aquella banca a la entrada del Roosevelt, viendo los reflejos de las gotas de lluvia en los charcos que se habían formado, dando sorbos a aquel atolito caliente y una que otra mordida al tamalito, me pregunté en que momento aquellos profesionales de la medicina habían perdido la humanidad, como quizá más de alguno soñó con ayudar a otro ser humano y la rutina lo había absorbido, auque seguramente me dije, muchos ni siquiera la vocación habrían tenido. Me cuestionaba porque tal arrogancia, seguramente no todos serían así. No es que uno llegué exigiendo atención, esto también ha de ser feo si es abusivamente, pero alguna expresión de humanidad de aquellos galenos haría un poco menos difícil el sufrimiento de las personas. Pero ver aquella reparación de comida fue calmado mi ser, era como un regalo, saber que en este sufrido país, y seguramente en el mundo, aun hay gente buena, gente maravillosa.

Dando los últimos sorbos al atolito, no pude sino admirar aquellas almas piadosas cuya vocación no han perdido, pues en medio del dolor del alma de los familiares y dolor del cuerpo de los enfermos, llevan el mensaje de amor que fortalece a quienes viven días negros, algunos llevando alimento al alma y otros al cuerpo.

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