La primera vez que pensé que mi vida había terminado (-5- el ultimo miedo)

Lo noche que siguió a mi desengaño fue muy triste. El haber peleado por mi vida tras el accidente de natación y el lidiar con más de un año de rehabilitación, no parecía ser nada ante el desconsuelo de mi corazón. ¿Qué si lloré? Y con mucha rabia. Fue en medio de aquella penumbra alrededor de mi cama que decidí mi vida. ¿En donde estaba aquel chico conquistador que había llegado a tener hasta una reina de belleza? Si, aquel que acaparaba las miradas en cualquier discoteca al salir a danzar en la pista; o aquel que compraba regalo por media docena el día de San Valentín. ¿A caso se apagaría aquel sueño de ser periodista? Quizá sería que la discapacidad lentamente habría carcomido mi orgullo, esa pensé, era la respuesta. Me limpié el rostro impregnado de humillación y vergüenza, lo revestí de dignidad y me prometí que jamás nadie lo sabría. Aquella decisión sería un arma de doble filo.

Cuando al día siguiente le vi ya no era el mismo. Decidí no actuar con berrinche como lo había hecho la primera vez, no, esta vez sería distinto, era mejor tener cerca al enemigo. Le traté como si nada hubiese ocurrido, afortunadamente no me le había declarado. Entonces empecé a buscar acrecentar la amistad que tenía con otras chicas. Ella no avanzó nuestra relación, quizá esperaba que yo lo hiciera o simplemente verdaderamente yo solo había sido un perverso antojo. Empecé a tener diversos romances, para eso recurrí a viejos amores, vecina y lo que se me atravesara. En algún momento ella me preguntó porque me había vuelto así, le dije sin delatar que sabía lo de ella y el doc; ella no lo negó pero jamás me lo confirmó; lo que si supe después fue que aquello fue el fin de la amistad entre las dos chicas. A partir de entonces nos hicimos mucho daño. Mis romances eran públicos, bueno yo me esforzaba para que así fuera, y ella dejó de confiarme sus broncas, haciéndose más cariñosa con su querido doc en mi presencia. Yo podía alardear de mujeres, ella solo podía hacerlo sutilmente ya que era su trabajo, aunque la calidad de madre soltera también se lo impedía, pero aun así no perdía la oportunidad de hablar de otros chicos enfrente de mí. Creo que lo más cruel que me hizo fue llegar cada vez más bella, es que todo le quedaba bien, ver eso que tanto adoraba pavonease a mi alrededor fue tortuoso; tan cerca que podía percibir su aroma y tan lejos que no podía decirle que moría por ella, aunque seguro que lo sabía.

La confianza entre el personal y yo se hizo tan grande que poco a poco empezamos a armar pequeñas fiestas durante la noche, a veces me facilitaban la salida bajo de agua pues la juerga era en otro lugar. En medio de los toques, sacaba provecho de mi condición, no era tan difícil sacarle a flote la ternura a una chica; el problema seguía siendo el sexo. Uno de día de tantos, me invitaron a un toque de noche, la tarde que precedió Liz insinuó a una compañera lo bueno que era ella en la cama. Llegué al toque muy sentido, tenía ya novia, pero seguía irremediablemente colgado de Liz. Mi chica tenía 16 años, era todo lo contrario de Liz en cuanto a carácter; recatada, sin experiencia, muy linda y por cierto no era chapina. Nos quedamos en un sofá al terminar la pachanga, ya lo había hecho con ella y otras, pero nunca había pasado nada. Me hacia el dormido o ya había verdaderamente quedado noqueado. Lo que había dicho Liz aquella tarde me había dolido; al saber de la no experiencia de mi novia en turno, supuse que talvez no haría el papelón, la seduje, sabía que no era difícil; ella resultó ser como las maleza seca, solo una chispa desencadenaba un incendio. La verdad no fue lo agradable que el sexo solía ser en mí, pero mi linda y colaboradora compañera terminó sudorosamente dormida a mi lado; un beso acompañado de una sonrisa fue la señal de que no había estado mal, al final también ella había resultado no ser tan inocente. Para mí esa primera experiencia en mi nueva vida no era lo mismo, ¡pero podía! La provocación de Liz me había lanzado a enfrentar otro de mis miedos.

En una de aquellas juergas, llegó el famoso doctor Estrada en compañía de un Johnnie Walker Red Label. El cuate era como de 2 metros de altura, de unos 30 años y de otro país centroamericano. Ya con un par de copas encima me reclamó: - Sé que la Liz es tu verdadero llegue.- Enunció, quizá esperando la confirmación. Lo negué, el pareció creerlo, pero me preguntó varias veces si ella me gustaba, yo ya no estaba para ser mula. Ya bien a pichinga él confesó su amor por ella, me dijo que él haría lo que fuera por estar con ella, pero que ella, por sus padres no se animaba. Finalmente confirmaba lo que me había dicho Lidia: yo solo había sido un pendejo. La conversación entre copas que habíamos sostenido había reformado mi pensar, sus lagrimas al decirme que haría lo que fuera por ella me habían cambiado un tanto la perspectiva: sabía que él si la amaba. A Liz no le cayó en gracia que nos volviéramos cuates, yo traté de ser menos hiriente con ella, como que reiniciamos de nuevo, quizá ambos comprendiendo que no éramos el uno para el otro, o simplemente ignorando nuestras enormes cosas en común y la atracción que todos decían era evidente. Sin decírmelo, y más guiado por instinto, decidí buscar el amor y dejarme de jugar con las chicas, que para entonces ya eran todo un record. Pero a pesar de todo, aun la amaba. Esa navidad recuerdo haber ido al Disco Centro que estaba por el Parque Concordia, y haberle comprado un cassette de su grupo favorito, el de Ensamble Latino por Q75.00.

Tontamente le subrayé esta primera rola (por cierto, escuchándola me inspiré para escribir estas entradas):

Esta historia concluirá en la próxima entrada.

Comentarios

Entradas populares