La primera vez que pensé que mi vida había terminado (-6- Fin)


De alguna manera volvimos a ser amigos, ella me insinuaba que le caían mal mis traidas y yo no perdía ocasión para decirle mentirosa; entre bromo y broma nos destrozábamos. Recuerdo el día que debía salir por unos días previos a la primera navidad que pasaba en aquel lugar, iría a la casa a pasar las fiestas. Era de esas tardes en las que el sol se ve más amarillo que de costumbre, esto en medio de ese despejado cielo azul cuya inmensidad pareciera que te hela los huesos, ignorando que se trata de ese ya común friíto cíclico que pareciera despedir al año que termina. Sería la primera vez que las navidades no me parecían tan alegres, era como si la música de la época, los adornos y el bullicio, hubiesen adquirido un entristecido sentimiento

Como a eso de las cinco de la tarde, viendo hacía abajo desde el final de la 19 calle y avenida del cementerio, el caminar apresurado de las personas parecía tornarse triste, aunque quizá (pensé) sería culpa de ese viento frío y la luz de aquel sol que menguaba. Claro, no era eso. No me explicaba porque estaba tan triste, no era el que no pudiera caminar y andar de compras desenfrenadas o que no tuviese dinero, no. Por alguna razón sentía que al irme unos días ya no vería a Liz, y eso hacía que mi garganta sintiera el estrujo de una corbata imaginaria. De pronto, sentí ganas de llorar, bueno lo hice. Yo mismo trataba de engañarme, le echaba la culpa al clima, a la época, a mi mala suerte; pero me negaba a aceptar que por primera vez lloraba por una mujer.

Aquella navidad brindé por mi amor, ella jamás lo supo. A mi regreso recuerdo nuestro reencuentro. Llegué de noche, no me importaba quienes estaban o quienes no, solo quería verle. No estaba, me dio miedo, podría hacerse realidad mi gran temor. Dormí afligido, no podía preguntar, mucho color. A la mañana siguiente me desperté muy temprano, quería escuchar quienes decían buenos días al entrar en aquella casa. La primera persona no era mi Liz, bueno ni supe ni quería saber quien era. La segunda persona no habló, tras el crujido del portón siguió caminando pasando por alto la oficina, se detuvo frente a mi estancia, quizá deteniéndose al mismo tiempo que mi corazón. Abrió sigilosamente la puerta y exclamó casi susurrando: -¡Ahí estas!- Volvió a cerrar la puerta mientras yo dentro de las sabanas sonreía feliz solo por escucharla.

Nuestro juego de ignorar lo que sentíamos lo llevamos muy lejos, quizá demasiado. En mi afán por demostrar que otras chicas me querían yo fui muy patán con Liz; cierta vez alguien me preguntó si ella me gustaba, esto sabiendo que nos escuchaba. Yo dije: -Ha…con esa ni que tuviera tanta necesidad.- Lo dicho, es de lo que más me arrepiento hasta el día de hoy. Ella nunca me reclamó, más aun soportó verme en brazos de varias, pero ella tenía el jaque mate.

El Viernes Santo de ese año Liz me dijo que si quería ir a ver la procesión del Calvario, yo acepte, y es que actuábamos como grandes cuates. Fue al final de la avenida del cementerio, ahí por la 13 calle. Le pedí un cigarro, después de encendérmelo ella se sentó en la banqueta, me miró con ternura como nunca antes había sentido y me dijo: - Sabes que pase lo que pase siempre seremos amigos.- Yo asentí con la cabeza, pero el terror se había apoderado de mí ser, sabía que esas palabras era el preludio al fin. – Tu lo sabrás primero, talvez antes de quien te imaginas.- Dijo haciendo el cuento más largo. Yo traté de camuflajear mi miedo con inmutación, mi pavor con el humo del cigarrillo. -Dime de una vez.- Dije entre dientes. – Estoy embarazada.-

No recuerdo que más sucedió, solo sé que no pregunte como, cuando y mucho menos donde. Nunca lo supe, nunca me interesó. Semanas después ella renunció, prometimos llamarnos, nunca lo hicimos. Tampoco sufrí mucho, quizá mis amores de entonces funcionaron como un antiácido del corazón. Alguien me dijo alguna vez que Liz se habría casado con el doctor Estrada. Yo siempre me preguntaré que habría ocurrido si yo no hubiese sido un cobarde y hubiera luchado por ella; eso viene a mí cuando le sueño, es que aun lo hago.

¿Cuál fue mi lección? ¿Qué gané?

Gané autoestima. De alguna manera ese lugar que pensé sería mi cripta resulto ser el cielo al encontrarme aquel ángel; su amor hizo que saliera a flote la dignidad que aun quedaba en mi ser. Aprendí a ser mejor persona pues observé que hay personas con sufrimientos más grandes que los míos. Supe que hay muchos seres humanos que no ponen lo físico por delante de los sentimientos; para entonces yo era exageradamente superficial. Supe de amistad y aun más importante: supe lo que era amar a una mujer sin llevarla a la cama. Un beso me marcó para siempre.

Ahora sé que soy capaz de muchas cosas, aquellas lagrimas me hicieron más fuerte, no las que derramé tras mi accidente y saber las consecuencias en mi cuerpo, no, sino las que derrame por aquel amor inesperado. Se que la heridas de un cuerpo pueden hacer más difícil la vida, pero el amor puede hacerte olvidar tu cuerpo. Puedo decir que no hace falta buscar el amor desesperadamente, que este se encuentra en los lugares más insospechados de este mundo, y si lo encuentras, no importa que pesadilla vivas, este te hará volver a soñar. Ahora viene a mi mente la frase cumbre de la película Más Allá De Los Sueños: "A veces cuando pierdes, ganas..."

FIN

Comentarios

  1. La vida es bella, aun en medio de grandes tragedias, las pequeñas cosas del amor te hacen sentir la felicidad.

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  2. muchas gracias por esas palabras que dejo en mi correo se lo agradezco de todo corazón

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  3. Anonimo 1:
    Quizá lo importante es saber disfrutar la vida. Gracias por el comentario.

    Anonimo 2:
    Lo lamento, no sé de que correo habla. Salu2

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