Dedicado para los que estan....

Estar y sentirse solo es diferente, todos lo sabemos. Pero el estar y sentirse solo a la vez es desolador. Al principio uno puede sacar a relucir su dignidad revestida de orgullo, dar la apariencia de valentía, esto aunque por dentro el terror consuma el alma.

Y así te vas adentrando en un mudo silencioso, no hay con quien conversar, ni siquiera con quien ver la tele. Te acostumbras a dormir, levantarte, comer, y hasta a reír solo. Aquella silenciosa mujer llamada soledad se va haciendo tu amiga, tu confidente, tu amante: tu esposa.

Pero como en toda relación sentimental hay momentos que te satura, te molesta, y llegas a odiarla. Sí, especialmente en aquellos días en los que dicen que nadie debería estar solo; el problema es simple: no tienes familiares. Ves la tele, escuchas la radio, lees periódicos y espectaculares en las calles, y en todos ellos ves gente feliz abrazándose, nada como la familia es el mensaje. Uno hace como que no es con uno, pero te lacera lentamente, busca destruir tu autoestima.

Entre tus amistades te encuentras con motivadores, aquellos que te dicen que el ambiente lo hace la propia persona, que no hay que estar tristes; claro, ellos no tienen por que estarlo. Lo cierto es que no te puedes desahogar, no, darías lástima y al final a nadie le interesa tu patética vida.

En algún momento, quizá en la penumbra, admites tu miedo. De pronto te das cuenta de lo inmensamente solo que estas, es como ver tu alma en el espejo. Llega la primera etapa, te das lástima, saboreas el amargo néctar del perdedor, ingrato liquido que poco a poco empieza a envenenar todo tu ser y te hace miserable.

Y lloras, lloras hasta ahogarte en tu inmensa soledad. Tu pecho se estruja, la respiración es entrecortada, y arremetes con cólera. Es la segunda fase, te enojas, perdes los estribos. Y preguntas a gritos que hiciste mal, donde está ese amor del padre que no sentís. Pero el silencio es nuevamente la respuesta, ahora te duele más ese mutismo.

Al final viene la aceptación, te calmas, recobras la cordura. Nadie ha de verte así, no. Tu alma habla consigo misma, justifica lo que te ha llevado a estar así. Le crees, no hay opción. Y te limpias los ojos, recoges los pedazos de tu corazón y sales de casa sonriendo, tratando de que nadie sepa cuan infeliz te sientes. Y así seguirás hasta que nuevamente te pelees con esa dama tan fría, tan muda: tan ingrata.

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