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Cuando ya no crees en el amor de tu vida IV


Un lugar llamado…

La mañana era fresca, desperté algo exaltado, me sentía deshonesto, había comunicado a mi pareja que iría a un noviazgo de mi iglesia, pero no le había dicho que me habían involucrado con una chica que se me insinuaba, me auto convencía que solo era algo social, na más. Llegando el medio día me empecé a preparar, mi asistente me preguntó por qué me esmeraba tanto, le dije a donde iba, y me dijo que si con Amanda (con quien por cierto desarrolló gran afinidad, sepa usted el por qué), le contesté que no, que sería con Jennifer (quien no le caía bien, sin conocerla), pero le aseguré que sería la única vez que saldría con ella, eso quería creer yo. –Ni usted se lo cree.- Dijo burlonamente.

Mi padre llegó aquel sábado a almorzar, yo no comí mucho, tenía comilona a la vista en mi invitación, que no cita, a eso de las 15:00 horas. A la una llegaría el taxista, iban a ser las 2 y naranjas. La chica llamó, ya estaba ubicada donde la pasaría a traer y yo sin vehículo a la vista, haaa recuerdo que sacada de honda, un día antes había acordado con el taxista y que me hiciera eso. Llegó como a un cuarto pa las 2. Encaminaría a mi padre, pero ya yo adentro del taxi, que mi viejo me dice que no se iría con migo, -El chofer huele a guaro- me dijo, diciéndome que me bajara. Yo vivo en donde no es muy fácil tomar taxi, y sabiendo que me esperaban decidí jugármela, quizá solo era un poco de cerveza…

El cuate, del que yo era cliente, hablaba bien, pero aceleraba por momentos, su velocidad no era constante y yo solo nervios era. Ni había salido de la colonia, cuando cerca de unos campos de futbol, acelera y pasa rosando otro vehículo quebrándole el retrovisor, el semáforo no favoreció y la gente rodeo a los 2 automotores. Recogí mis lentes, cerré mis ojos, me recosté, y pensé como en mis pesadillas –Esto no está pasando.- Pero ahí ta que no. Al abrirlos vi la discusión que tenía con justa razón el tipo del otro carro, el taxista ni hablaba, quizá por la estocada.

Yo observaba y no sabia si mejor regresar a casa. De pronto el celular. –Por donde venís? Es que muero por que veas como me vestí para ti.- Eso juro que paso. Entonces hice la primera locura por ella.
-¿Hey, en cuanto le saldrá lo del retrovisor?- Grité desde el asiento trasero al tipo que aun recriminaba al taxista.
-Creo que se van como Q500.00, pero mejor esperamos a la aseguradora.-  Respondió.

Yo no debía dejar que llegaran, seguro el taxista al bote, o por lo menos no le dejarían conducir como estaba. Llame al etílico conductor y le dije si tenía la plata, solo tengo Q300.00 me dijo, yo saqué lo restante y le dije que nos fuéramos, era claro, a lo mucho eso costaba Q100.00, pero o pagábamos o los 2 perdíamos. La locura era en parte por pagar, pero también por continuar con el suicida conductor.

Recuerdo que en los semáforos de las avenidas Reforma y Américas, el tipo bocinaba exageradamente a los otros conductores, y maltrataba sacando la cabeza. Yo pensaba que en una de esas alguien podía bajarse y darle un par de plomazos, solo me limitaba a pensar: -¿Qué hago aquí?- Afortunadamente llegué al BK de la zona 5, ahí estaba quien me acompañaría a carretera a El Salvador, a donde originalmente nos llevaría el taxista, pero mejor me bajé, le di las gracias, ir a esa autopista era firmar mi deceso con él.

Ahí estaba ella, vestida con tonos amarillos de blusa y pantalón, pintada exquisitamente y con el bebé. Todo era lindo, solo que nunca habíamos salido, mi problema físico no me permitía ayudarla y más bien yo necesitaba ayuda, la cosa pintaba desastrosa. –No te preocupes, si quieres acá nos quedamos.- Me dijo al ver la situación, pero con aquella tu cara de reproche. Yo no quise, aquel perfume a rosas me decía que igual se había esmerado en verse linda, aunque ella sin esfuerzo lo era.

Logré que otro amigo llegase a por nosotros, no fue fácil yo requiero de un conocimiento para subirme a un auto y mis mejores amigos ya estaban en el evento. Después de sudar la gota gorda, llegamos por fin. Una pizza de la San Martín y un capuchino, ahogaron mis penas. Realmente me costaba mucho sentirme a gusto. Se notaba, una amiga me dijo, al saber de mi accidente, -Salí al mirador, yo les cuido al bebé.- Jennifer sonrió, yo ni había respondido, cuando ella se levantó y me sacó del restaurante.

Eran un poco más de las 5. El lugar había servido para la declaración de amor de mi mejor amigo, por ello era el lugar escogido.

-Mira, que linda vista.- Dijo ella mientras se agachaba para recoger unos pétalos de rosas, que seguro eran del ramo que le habían dado a la novia. Yo sonreía mientras observaba como caía la noche sobre la fachada de una iglesia que se mira en lo hondo de aquel mirador. Era una bella vista, otro cuadro para una película romántica, de esas historias que crees que solo en el cine suceden, con la pareja de tus sueños, en un lugar inolvidable…

Con los pétalos en la mano, se recostó en la baranda del mirador, sus bellos ojos castaños destellaban al reflejar el ocaso del sol; esbozando esa sonrisa que me enamoraba me dijo: -Si tú te me declararas aquí ¿Que me dirías? –

Cerré mis ojos, respiré y me dije por segunda vez aquella tarde: -Esto no esta pasando.-


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