Cuando ya no crees en el amor de tu vida V

Gavilán o paloma

Era linda, no sé que me gustaba más, su belleza o su forma de coquetearme, de hacer como que no le interesaba y de pronto acariciándome, el pelo de preferencia. Yo casi nunca he me le he declarado a una chica, no es que sea papito, resulta que le tengo pánico al rechazo, a hacer el ridículo. Aquella tarde parecía perfecta, pero ese paisaje hermoso podría ser un espejismo, el casi cuarto de siglo que le sacaba de vuelo en esta tierra me decía que ella jugaba con migo; yo me sentía bien con mi pareja y no caería fácil. Me moría por ella, pero consiente era que era por superficialidad, eso debía creer. Lo que más me repetía mis pensamientos era ¿Cómo esa chica se va fijar en vos?, Amanda si te quiere.

Creo que si Amanda no hubiese estado en mi vida, me decido a aventarme al precipicio del probable rechazo o quizá hubiese pasado una noche muy calientito en mi cama. Mi relación era la roca de la que me tomaba, mentalmente desacreditaba lo que parecía perfecto, quizá tanto golpe, tanto sufrimiento: tanta desgracia en mi vida, tenía una tranca a cualquier cosa que fuera fácil, tan fácil. Las cosas pasaban en tiempo real, mis premisas iban a velocidad luz, miles de ideas, de temores: de tontos principios. Igual hablaba con migo el ego de saber hasta donde era capaz, de probar que a pesar de los pesares, podía seducir de nuevo y no como la mayoría, a mi manera: sutil mente indiferente. Y decidí…jugaría, pero no como todos pensarían, ella me decía las cosas como de juego, yo respondería de juego. A ver quien se divertía más, o salía herido – pensé - , pero nunca creí en lo segundo.

-¿Qué me dirías si te me declararas? – Preguntó.
-Para comenzar no sería acá, es cursi.- Recuerdo decir con una fingida sonrisa de sabelotodo.

Empezamos a divagar, que si Atitlán, La Puerta del Ángel o Paris, igual nada realista, aunque yo muera por la ciudad de la Eiffel. Cuando insistía sobre lo que diría fuese donde fuese, me salvó la campana, mi amiga llegaba a dejar al niño que estaba dando lata en el restaurante. Aun recuerdo su mirada, esas profundas que te tiran cuando te haces el loco ante una visita inesperada, como olvidar el sentirte importante, cuando eres un don nadie.

Cada paso, cada momento lo recuerdo, no por ella (eso creo), sino por la sensación de vivir, esa que se me había negado después de tantas babosadas. La convivencia aquella tarde terminó, mi mejor amigo al retirarse con su ya peor es nada, me dijo:

-¿Cómo se irá?-
-El taxi vendrá como a la 7:00 - respondí.
-¿No es muy tarde? - me dijo.
-No, que venga a las 9:00 – Replicó Jennifer.
-¿No es muy tarde? – reparó mi amigo, a sabiendas de mis problemas físicos.
-No, estamos seguros acá, somos adultos y quiero estar más tiempo con él.-  Sentenció la chica, con voz firme y esa actitud de seguridad, que pareciera decir que me conocía por toda una vida.

Fue como un regaño para mi, no era que yo no tuviese aventuras sin que se enteraran mis amigos de la iglesia, es que siempre les guardaba gran respeto y ella era la primera mujer que les decía abiertamente que ya no era un niño. Me hizo sentir bien, igual fue la primera vez que una mujer me empujaba a la aventura, mi hijo había sido la última persona que lo había hecho, después me tocó hacerlo solo; era eso lo que echaba de menos: el arriesgarse con alguien que me diera mi lugar. 

Ella hablaba de sus pasiones, de vestidos o algo así, yo veía danzar sus labios gruesos pintados de carmín y solo pensaba en la suerte que había tenido el papá del nene. Me convencí que solo ese día jugaría su juego, seríamos amigos; lo creí. Hoy que lo recuerdo sé que pude llegar lejos, besarla hasta dejarla sin aliento y decirle que fuera mi chica, que nos fuéramos para mi casa: que estaba solo. Pero ese no hubiese sido yo, con migo hace un tiempo habían sido deshonestos y mi hijo había pagado el pato, yo no lo haría.

El tiempo voló en aquel juego de seducción, lo primero fue de ella: -Siéntate cerquita.- lo segundo mío: -No, es que me puedo enamorar.- hubo un momento que me tomó de la mano, ahí la tuvo por muchos minutos, por mucho a jugar al interesante no podía retirársela, la dejé, pero sus caricias me trastornaban, solo alcanzaba a fingir interés por algo que decía.

El taxistas se adelantó, como a las ocho llegó, afortunadamente este no era bolo, solo desafortunadamente inoportuno. Era un taxista miembro de la iglesia, este dije yo, sería seguro. El jugo lo declaraba empate, yo no había cruzado el límite y ella no se había cansado de intentar que perdiera la cabeza.

La fuimos a dejar a su casa, se bajó, fue a dejar al niño y regresó a despedirse. Fue lo más cerca que estuve de ella; bajé el vidrio del auto y la chica se agachó para darme un beso de despedida en la mejilla, pero no de esos que se tiran al aire, fue de esos que duran e imprimen algo más que pintalabios. El juego apenas comenzaba parta ella: – Lástima que no puedes bajar y quedarte un rato.- Me susurró al oído mientras el taxista sostenía un paraguas.

Lloviznaba, la noche era plena y silenciosa en su cuadra, aquel día intensamente inolvidable solo me dejaba su aroma, pensé que eso lo había elegido yo; y mientras el vehículo se alejaba de aquellas calles desiertas, llenas de charquitos que reflejaban la luz artificial, sus últimas palabras le habían dado el triunfo, mi mente volaba en la insensatez…

Mis sentimientos serían muy inestables desde aquel día. Yo realmente quería estar definitivamente con Amanda, ella conocía a todo mi entorno cercano y hasta en la cuadra llegaron a quererla. Decir que AMÉ en aquel tiempo no es correcto. Uno ama por que nace del corazón sin presión, sin algo a cambio, es el solo hecho de cerrar tus ojos y no cuestionar nada; el sentir como tu corazón late en tu cuello tan solo al escuchar su voz o percibir su aroma. Igual se puede llegar al amor con el tiempo, con esas pruebas de que lo dejarías todo por esa persona, pero si no se es capaz, entonces solo es la vanidad del querer.

Lo cierto es que estuve con las mujeres que más impactaron mi vida desde 2009, llegué a quererlas como no he querido a ninguna otra mujer que conociera desde entonces. Las dos tuvieron la misma duda, esa de no valorarme como hombre total, de escuchar a quienes cuestionaban mis limitaciones, a esa gente que en lugar de echar porras, destruyen lo que no entienden.

Al domingo siguiente le conté a otro amigo lo que había sucedido.
-¿Con quién pasarías el resto de tu vida? – me preguntó.
-Con Amada.- respondí.



Continua…

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